Entreabrir
los ojos, ver ingresar la luz del amanecer por las rendijas de la persiana que
anuncia un día cálido de primavera. El saberte ahí, escuchar tu respiración a
mi espalda, girar lentamente y encontrarte de frente con los ojos cerrados,
durmiendo tan perfectamente como si nada existiera, como si el mundo girara muy
tardíamente, tan lento que puedo mirarte con detalle, observarte y descubrirte
una vez más.
Sentir
tu respiración sosegada, pacífica, descansada con el ritmo que le da vida a tu
cuerpo, a mi corazón. Escuchar reposando en tu pecho los latidos de tu corazón
al compás de su sístole y su diástole, que le dan vida a mi cuerpo, a tus ojos.
El
olor de tu piel, su perfume único y tan magnífico que aviva todos mis sentidos
y la química de mi sangre convirtiendo a la euforia a flor de piel. Rozándote
con la yema de mis dedos erizando mi alma y avivando la memoria de mi cuerpo. Acaricio
tu piel lentamente porque la mañana me invita hacerlo, porque el deseo es más
fuerte que yo, porque estas dormido y nada ni nadie me lo impide.
Y
el tiempo no pasa, para mi suerte, así el despertador no va a sonar y los
ruidos de la calle y los autos no sucederán. Y este instante seguirá siendo así
de eterno.
Mientras
mi mirada sigue en tu rostro y se detiene en tus ojos almendrados con los
parpados titileando a punto de abrirse pero no saben que he detenido el tiempo
y siguen cerrados tan bellos y tan iluminados como el sol en el más pleno
verano, como cuando me miran y puedo ver el espejo de tu alma, tus ganas de
vivir y esa alegría con la que enfrentas al mundo entero.
Y
toco tu boca, con un dedo toco tu boca de labios gruesos, bien marcados,
imposible resistirse imposible no tratar de morderlos con toda la sutileza para
que ese pequeño dolor sea penetrante, dulce y tierno y sea la mejor boca que he besado, entre
alientos, exhalaciones e inhalaciones se reconocen las complacencias más
exquisitas y más raras que lleguemos a saber.
Y
reparo en tus manos. De manos grandes y fornidas, de esas que te agarran fuerte
para que no te caigas. Siento una de ellas sujetando mi cadera, bien amarrada a
mi cintura, arropándome en noches de asilo. Y la otra mano sobre mi espalda
entre mis omóplatos bajando por mi espina dorsal hasta enlazar en mi cintura
junto a su cómplice. Y mi mano se desliza por tu cara acariciándote y mis dedos
se enredan en tu pelo. Sabiéndonos tan perfectos dentro de nuestras
imperfecciones.
Y
de un momento a otro advierto que estoy entre tus brazos, entre tu cálido
abrazo, donde todo se detiene, el tiempo se frena, la vida se contiene, donde
todo es eterno, en donde te das cuenta que es ahí, justo ahí donde quieres
pasar el resto de tu existencia, porque con el solo hecho de estar contemplando
ese instante y saber que existe es suficiente para afrontar el resto del día,
de la vida. El saber que no importa lo que te depare el destino vas a poder con
ello. Porque es la prueba y la fuerza suficiente que se necesita para seguir de
pie y con una sonrisa por delante. Antes que la vida empiece a rodar otra vez,
es ese instante de paz, de silencio, ese instante en el que te das cuenta que
lo vale todo.
®Mariana.
17.06.2020

