Inestable, enajenada y caprichosa
te vi bailar en la noche, se detuvo el tiempo y a mí me gustó tanto tanto. Estoy
un poco ansiosa y se termina el día, ando buscando un poco de tus amagues y
tiroteos, un poco de adrenalina.
Te descarrilaste por la
tarde y te apareciste en el umbral de la puerta de mi habitación, te acercaste
y pude sentir el calor de tu cuerpo, vi tus ojos rojos, percibí la humedad de
tus labios y el deseo en tu aliento.
Tu corazón se aceleraba cada
vez más y te atreviste a usar tus instintos conmigo, apreté tu cuerpo contra mi
cuerpo, hundiste tus dedos en mis caderas y me encontré acorralada en la cama
contigo encima de mí. Te desgarré la ropa mientras hacías lo mismo con la mía.
Tus ojos se prendían fuego y mi piel se erizaba. Tu respiración agitada se
sentía entre mi nuca y mi oído. Dejaste afuera tus culpas y arrepentimientos,
no te importó haberte extraviado esta tarde y echaste a tu suerte al azar. Me
besaste con todas las ganas de lo clandestino, de lo censurado, transpiraste en
deseo y placer, y bebiste del cáliz prohibido.
No parabas, una y otra vez te olvidaste del mundo, una y otra vez. Cabalgue montes y montañas, sudé ríos recorriéndome la espina dorsal con hambre de carne lasciva y sed de lujuria, penetraste mis inseguridades y mis miedos.
Te devoré con ganas
atrasadas, con adrenalina acumulada y deseo hacinado como si fuera la primera última
vez. Consumiste mi apetito, sacié tus culpas y mentiras, respiraste profundo y
te fuiste como el secreto del perfume de rosas, en ese momento el silencio
aturdió mi cabeza y tu nombre se volvió un anagrama. Y todo concluyó cuando te
lavaste con agua todas tus culpas dejando dudas y preguntas entre las sábanas
de mi cama y el idioma de la ausencia que dejará tu partida.