Justo cuando sentía
que tenía el mundo entero a mis pies, todo se empieza a desmoronar y así en
medio de la nada me encuentro bailando en el fragor de la oscuridad. Rebuscando
dentro de mi mente otra vez, sintiendo ansiedad, asustada de estar sola otra
vez, odio esto. Odio esto. Intento encontrar una manera de manejar esto pero me
cuesta, no puedo respirar. No hallo como gritar.
El tiempo no
vuelve. La vida tampoco vuelve y la muerte es lo único seguro y certero que
tenemos. Pero por si me sirve de algo: “el dolor va a pasar y el amor no pasa”.
Para salir de la muerte necesitamos otra vez amor, aunque éste nos haya
aniquilado.
Necesitamos de esa
persona que no nos daña porque si (que no es poco). Pero también necesitamos de
quien nos lastima un poquito, irremediablemente.
Y decidir empezar
de nuevo, vivir algo nuevo aunque sabemos que en el mejor de los escenarios
solo dejan a un corazón a la intemperie. Necesitamos terriblemente del otro
para no permanecer en la muerte y sentirme viva. Necesitamos de quien nos ayude
a echar raíces en la vida. Necesitamos otra vez amor, aunque éste nos haya
inmolado una vez más.
Al fin y al cabo
todo se basa en las probabilidades de entrar en el mundo esotérico e
incorruptible del amor.
Tengo miedo de
volver a sentir. Quisiera creer que no creo. Maldigo al tiempo que se demora lo
que le da la gana. Tengo fantasmas que me acechan a cada esquina para
recordarme que el amor duele. A veces me siento sola y lloro. A veces me alejo
mucho y me cuesta volver y me pierdo seguido. A veces intento ser fuerte pero
por dentro estoy cayendo en mil pedazos, todo por dentro se va agrietando, y
esos pedazos se van perdiendo.
Así es como el terror
a sentir habita en todos los lugares de mí ser. Así de pérdida estoy. Y esa
sensación de llegar y encontrar el lugar cerrado, y no saber qué hacer. Otra
vez me despierto atenazada en esta boya cartesiana que se ancla entre lo viejo
que no se va y deja su estela habitual de dolor, y lo nuevo que parece que
nunca va a llegar.
Intentando
sobrevivir en la periferia de mi guerra más interna, al precipicio por el que
camino. Así es como el amor te reconstruye y así es también como te destruye. Y
que al final de cada día, aun así, todo duele un poco más. Todo sigue siendo un
desastre. Así de rota. Y recordé que me dijeron que el final está cerca.
A veces en silencio
dialogo con mi mente y después de un tiempo, esas conversaciones parecen
demencias efímeras, historias aletargadas y sin sentido alguno. Discusiones
sobre mi propia suerte. Que si, que no. Que no, que sí. Que qué seria, qué no
seria. Porqué, porqué y otras mil veces más porqué. Ya no sé si le estoy
hablando a alguien o es tan solo una lejana utopía creada por mi mente. Pero el
imperativo no tiene primera persona y no supe que decirme. Y todo a mí
alrededor habla sobre mí, todo empieza y todo acaba en mí… y que el letargo se
acaba tan rápido como una pipa de opio. Todos los cristales rotos que calan mis
huesos. Cicatrices incurables, un pasado un tanto difícil de dejar atrás, una
soledad constante, un profundo vacío, un veneno latente que singla por mis
venas. Y el terror a volver a sentir todo. Sintonías disonantes, una sincronía
en cada dolor y una órbita desarticulada por la vesania.
El arcano
indescifrable de esta sonrisa tan cierta como sarcástica.
Y todas las guerras
que no consigo ganar conmigo misma.
Y todo termina con un
par de ojos negros que lloran en estrépito silencio.
®Mariana.
Sentidos
Disonantes
15.05.2018

No hay comentarios:
Publicar un comentario