Dentro de ese charco de agua salada, agua lasciva, éramos una ciénaga de fluidos, te acercaste a mi oreja y susurrando al oído me dijiste “déjame quererte, déjate querer”.
Y en la impulsividad de mi automatismo te respondí “No. No… solo cógeme”
Todo se volvió confuso, mientras cogíamos tus palabras retumbaban en mi cabeza, no podía parar, no podíamos parar…
Derribaste mi guardia y en ese instante supe que te metiste bajo mi piel.
Te tuve en mis brazos y electrificaste mi vida, perseguí tu luz en las estrellas. Sabías como me hacías sentir, sabías lo que sentía. Pude ver como brillaban tus ojos también, supiste tocar el cielo con las manos, ardiente y vivo.
Supe que si me perdía en ti, perdería todo.
Éramos jóvenes y creí en ti. Pero solo fuimos un préstamo voluntario de momentos inolvidables que podrían haber durado toda la vida.
Porque
siempre nos vimos por el rabillo del ojo y nos dejamos pasar por la casualidad, pero se quedó ahí
en nuestro subconsciente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario